ISRAEL
EL PUEBLO ELEGIDO


Literatura Judaica del Período del Segundo Templo
– Escritos no citados en el Nuevo Testamento –


El retorno de los Judíos de Babilonia produjo algunos cambios significativos en la composición de las Escrituras y en su interpretación. En este periodo del Segundo Templo se escriben los últimos Libros de los que fueron admitidos en el TaNaJ y una prolífica producción de apócrifos y pseudoepigráficos – algunos de ellos muy estimados entre los esenios, la Comunidad de Qumran y demás círculos místicos judíos, otros incluidos en la Septuaginta. Surge el concepto de “judío” como identidad nacional y religiosa, que comprendía varias corrientes interpretativas de las Escrituras, y se fortalece particularmente la esperanza mesiánica. Entre la abundante literatura judaica que se escribió destaca la apocalíptica, y también hay un importante desarrollo del mito y por consiguiente, notables errores históricos.
En esta sección trataremos acerca del único escrito aceptado en el TaNaJ que no se encuentra entre los Manuscritos de Qumran y cuya inclusión en las Escrituras Hebraicas ha sido sujeto de debate –Esther–, y sucesivamente veremos algunos de los apócrifos judaicos anteriores al cristianismo.


Esther

El Libro de Esther es probablemente el que más suscita controversias entre todos los libros del TaNaJ. Es el único que no se halla entre los Rollos de Qumran (muy probablemente porque esa comunidad no lo consideraba inspirado ni digno de ser leído – tampoco celebraban Purim ni incluían esa festividad en su calendario). Su ubicación en la historia es difícil de establecer. Las leyendas, o fábulas, que se han escrito sobre este libro en los Midrashim, la Agadah, el Talmud y otros escritos rabínicos están entre las más absurdas e incoherentes, al punto de hacer que las novelas de Ctesias parezcan creíbles. Las interpretaciones que encontramos en ellos acerca de Vashti, Mordejai y Esther son no sólo absurdas sino también inmorales. Pero lo que nos interesa en este momento es la historicidad del relato y su posición en las Escrituras. El Libro de Esther es de difícil colocación histórica si tenemos en cuenta la cronología convencional, que es la que proponen los historiadores griegos (Herodoto, Ctesias, Xenofonte, etc.), la cual no concuerda con los únicos documentos originales persas, la Roca de Behistún y el Cilindro de Ciro, ni con la Biblia. Si damos crédito a la cronología oficial, el Libro de Esther sería sólo una novela histórica (como el apócrifo de Judit, con el cual haremos una comparación) pues los hechos que narra no son reportados por ningún historiador ni se menciona un decreto de exterminio de tales dimensiones llevado a cabo por ningún rey persa. Sin embargo, la descripción de los detalles sobre la fastuosidad de la corte persa, las intrigas que caracterizaron a los reinados persas, y los hechos políticos que atribuye al rey persa son históricamente exactos. El autor evidentemente vivió en Susán durante el periodo de los Aqueménidas y conocía perfectamente el ambiente de la corte.
El estudio del Libro de Esther en profundidad llevaría muchas páginas y muchas horas, por lo cual aquí nos limitaremos sólo a algunos particulares atinentes al motivo por el cual este libro pudo ser incluido en el TaNaJ a pesar de tener muchas características que lo excluirían.

El relato en sí mismo no contiene errores históricos, sino más bien personajes no fácilmente identificables debido a la escasísima documentación existente del Imperio Persa Aqueménide, y hechos imposibles de conciliar con las versiones de los historiadores griegos. Si se lograra establecer con certeza la identidad de Ajashverosh –Assuero– se podría resolver el enigma. Definitivamente, la identificación tradicional de este rey con Jerjes es totalmente inadecuada, y prescindiendo de los años de reinado reconocidos por la cronología establecida –es decir, la griega– el candidato más acorde con el carácter de Ajashverosh sería Cambyses, hijo de Ciro – el cual es llamado Assuero en Esdras 4:6 (ver: Assuero) y según algunos documentos habría reinado dieciocho años y no nueve como hasta ahora se le adjudican.
Otras peculiaridades de la Meghiláh (como se denomina comúnmente el Libro de Esther) son:
· Es el único libro del TaNaJ que no menciona –aparentemente– ninguna referencia a Elohim;
· Es el único libro del TaNaJ en el cual se llama a una persona “Judío” –haYehudi– (el mismo término se encuentra también en Zacarías 8:23, en referencia a los Judíos en general, y en Jeremías 44:26 literalmente dice “hombre de Judá”, en ambos casos en sentido profético);
· Es la primera referencia explícita al antisemitismo.

Los protagonistas principales no demuestran tener celo por la Torah:
• Mordejai: el nombre de este personaje, del cual se recalca que es “Judío”, y su posición en la sociedad, nos indican que en realidad no era muy observante de la Torah. Su nombre es babilonio, derivado de una divinidad caldea, Marduk. Siendo que Ciro ya había autorizado el retorno a Jerusalem, y que es obligación de todo judío volver a la Tierra que el Eterno dio a Israel, él permanecía muy cómodo en Susán, y era un personaje influyente que estaba a las puertas del palacio real. El prototipo del judío moderno de la Diáspora, de buen pasar económico, que no tiene nombre hebreo, y que está vinculado al mundo de los negocios y de la política. Incluso permite que su hija adoptiva, judía, se case con un gentil y pagano, cosa que es contraria a la Torah.
• Esther, cuyo nombre también es babilonio –aunque tiene otro nombre que es hebreo, Hadassah– tampoco parece ser muy observante: no sólo se presta a casarse con un gentil, lo cual está prohibido por la Torah, sino que además el marido mismo no advierte que ella es judía, de lo cual se deduce que ella no observaba reglas alimentarias ni otras prescripciones de la Torah. Tampoco se menciona en ninguna parte del Libro que haya elevado oraciones.

Esto en cuanto al carácter de los protagonistas que es el aspecto que nos interesa en este estudio para poder comprender su inclusión en el canon hebreo.

Por otra parte, es en los comentarios rabínicos –incluido el Talmud Bavli– donde abundan las incoherencias, anacronismos y atributos inmorales acerca de los personajes de este libro, cosas que conviene desmentir, aunque debido a la cantidad de los mismos sólo señalaremos algunos brevemente.

Vashti: no es de estirpe babilonia sino persa. El nombre Vašti es absolutamente persa y significa “excelente en hermosura”, que en lengua avéstica (persa literario) es “Vahišta”. Puede tener o no relación con el nombre masculino Vištaspa, traducido Hystaspes, que era el del padre del rey Darío. No hay ninguna indicación que permita suponer que ella se haya opuesto a la reconstrucción del Templo, ni que tuviese siervas judías a las cuales obligase a violar el Shabat, ni que el motivo de rehusarse a presentarse ante el rey y sus amigos fuera que le habría crecido una “cola” (eufemismo). Tampoco fue ejecutada, sino sólo apartada de la corte. Todas estas absurdas fantasías acerca de Vashti surgieron de la aversión que los rabinos babilonios tenían hacia la dinastía de Nabucodonosor, el cual fue designado por el Eterno para ejecutar Su juicio, y nada tiene que ver con la ascendencia de Vashti.

Mordejai y Esther no eran marido y mujer. Es una aberración suponer tal cosa, haciendo de la heroína del judaísmo una adúltera. El texto de la Meghiláh no implica una palabra por otra ("bat" es "bat", y "bayt" es "bayt", no son términos intercambiables entre sí). Por el contrario, si Esther fuera la mujer de Mordejai, ambos serían un pésimo ejemplo, pecadores y contrarios a la Torah. Ya es un problema el hecho que haya sido mujer de un gentil y pagano, pero la condición de adúltera es mucho más grave. Esta tradición generó una serie de otras leyendas que intentaban justificar esta presunta situación tan irregular. (Ver: “Yiskah”).

Es igualmente absurda la edad que los comentarios midráshicos atribuyen a Esther cuando se presentó ante el rey por primera vez (obviamente, no tenía 74 o 75 años). Tampoco abortó ni fue madre de Darío Hystaspes, el cual no era hijo de ningún rey anterior ni de madre judía. Hay otras leyendas relativas también a Ajashverosh y a los demás personajes del libro, algunas muy infantiles. Por lo tanto, si los comentarios midráshicos fueran verdaderos, la Meghiláh definitivamente no podría estar en las Escrituras.
Completaremos este tratado sobre el Libro de Esther a continuación, después del de Judith, haciendo una comparación entre ambos.


Apócrifos Judaicos

Si bien estos escritos no fueron admitidos en el canon hebreo, son expresión del pensamiento judío de aquella época. Éstos constituyen el mayor volumen de literatura judía durante varios siglos –todo el periodo del Segundo Templo–, y son esenciales para entender el origen del judaísmo rabínico y del cristianismo, los cuales compartieron un mismo conocimiento hasta su definitiva separación. Varios de estos libros fueron considerados sagrados por las corrientes más místicas del judaísmo, así como hoy lo son el Talmud, el Zohar y otros escritos que no son Palabra de Elohim y sin embargo son esenciales en las enseñanzas rabínicas. Algunos de estos libros fueron incluidos en la Septuaginta, otro número mayor de escritos fue conservado por la Comunidad de Qumran. Presentaremos aquí sólo una reseña de los más conocidos, puesto que la mayoría de ellos contienen anacronismos, historias fantásticas y elementos espurios que harían monótono un estudio exhaustivo.


Judith

Este escrito no está presente entre los Rollos de Qumran, sino en la Septuaginta. El Libro de Judith es indudablemente un relato de ficción, una novela llena de anacronismos y personajes inexistentes. Entre las opiniones de los exégetas se postula que puede tratarse de un evento histórico en el cual los nombres de los personajes han sido cambiados adrede por el narrador, o bien que su intención haya sido solamente la de presentar una novela ambientada en un presunto contexto histórico difícil de determinar. Por otra parte, el autor se inspira en eventos bíblicos precedentes. Consideremos las incongruencias principales que encontramos en este libro:

1:1 El año doce del reinado de Nabucodonosor, que reinó sobre los asirios en la gran ciudad de Nínive, Arfaxad, que reinaba en aquel tiempo sobre los medos, en Ecbátana.

“Nabucodonosor” es el nombre del más notable de los reyes de Babilonia, y nunca reinó en Nínive, ciudad que su padre, y probablemente él mismo como general del ejército, destruyeron.
“Arpakshad” no es un nombre medo, sino que es el patriarca del cual provienen los Hebreos, hermano de Ashur, progenitor de los Asirios. Nunca hubo un rey medo con tal nombre. Tampoco existió ningún Arioc rey de Elam (1:6). Ecbatana es la ciudad de Ajmetha (Esdras 6:2), la cual sí era capital de los medos.

2:4 Acabado el consejo, Nabucodonosor, rey de Asiria, llamó a Holofernes, jefe supremo del ejército y segundo suyo, y le dijo:

El nombre Holofernes es evidentemente medo-persa, como Artafernes, hermano de Darío Hystaspes, o Gondafernes, rey parto de India. La única referencia histórica a un Holofernes es de un rey armenio de Capadocia (163-157 BCE). Sería absurdo que un rey de Asiria tuviera como general principal a un medo.

3:8 (3:13) El saqueó sus santuarios y taló sus bosques sagrados, pues había recibido la orden de destruir todas las divinidades del país para que todas las gentes adorasen únicamente a Nabucodonosor.

Los asirios nunca practicaron la adoración del rey. Esa era una costumbre que se generalizó durante el dominio griego y sucesivamente hacia el emperador romano.

5:19 (5:23) Pero ahora, habiéndose convertido a su Dios, han vuelto de los diversos lugares en que habían sido dispersados, han tomado posesión de Jerusalem, donde se encuentra su santuario, y se han establecido en la montaña que había quedado desierta.

En este pasaje da a entender que los Judíos habían sido exiliados y ya han vuelto a Jerusalem y han reconstruido el Templo, cosa que sucedió casi un siglo después de la destrucción de Nínive.

6:7 (6:10) Holofernes ordenó a los servidores que estaban al servicio de su tienda que tomasen a Ajior, lo llevasen a Bethulia y lo entregasen en manos de los israelitas.

Ajior, nombre probablemente inspirado en Ajikar, un presunto rey de Ammón. La ciudad de Bethulia no existe ni existió. Por su descripción se asemeja a Shechem. En tiempos en que había reyes en Nínive existían también los reinos separados de Israel y de Judá, por lo tanto el área geográfica en la cual se ubicaría la supuesta ciudad de Bethulia pertenecería a Israel y no tendría relación con Jerusalem, mencionada anteriormente. En un periodo sucesivo, esa misma región ya estaría bajo el control de Asiria, después de la deportación del Reino de Israel, y por lo tanto no tendría sentido enviar a un general para conquistar un territorio ya conquistado. Debería dirigirse a Jerusalem, o a Lakish como hizo efectivamente Senaquerib antes de sitiar Jerusalem.

6:10-11 (6:14-15) Los israelitas bajaron de su ciudad, se acercaron y desatándole le llevaron a Bethulia y le presentaron a los jefes de la ciudad, que en aquel tiempo eran Ozías, hijo de Miqueas, de la tribu de Simeón, Jabrís, hijo de Gotoniel, y Jarmís, hijo de Melkiel.

Además, no había rey sino un tal Ozías, de la tribu de Shimon (tribu que nunca tuvo preponderancia en Israel, ni su territorio estaba en el área de Shechem, donde por los datos geográficos dados en el relato debía encontrarse Bethulia), el cual sería un principal, y otros dos personajes cuyos nombres se asemejan a Jannes y Jambres.

6:21 Y se reunieron en la asamblea invocando la ayuda del Dios de Israel durante toda la noche.

La “asamblea” es la sinagoga, que no existía en el tiempo que había reyes de Nínive. El periodo histórico en el cual se podría colocar este relato es durante el dominio griego, no asirio.

8:6 Ayunaba durante toda su viudez, a excepción de los sábados y las vigilias de los sábados, los novilunios y sus vigilias, las solemnidades y los días de regocijo de la casa de Israel.

Aquí hay otra confusión puesto que la Casa de Israel no observaba las solemnidades desde que se separó de la Casa de Judá. El autor en la atemporalidad del relato mezcla períodos e identidades diferentes, intercambiando continuamente unos con otros. En todo el libro habla de la Casa de Israel y la relaciona con Jerusalem y el Templo, que pertenecían a la Casa de Judá. Ambas casas fueron un reino unificado solamente durante los reinados de Shaul, David y Salomón, nunca más.

Si el autor hubiera reemplazado Nabucodonosor con Antíoco, Nínive con Seleucia, Holofernes con Nicanor, su historia habría sido más creíble. También debería haber omitido la filiación tribal, que para la época era poco relevante, y la genealogía evidentemente ficticia de una mujer, entre otros detalles.

La novela se inspira en varios acontecimientos históricos precedentes, repitiendo casi literalmente las escenas. La heroína principal es la representación unificada de Déborah y Yael: como Déborah fue la única que se atrevió a enfrentar a un adversario muy superior, el enemigo fue destruido “por mano de mujer” –Judith 9:10 (9:15); 13:15 (13:19); 16:5 (16:7); cf. Jueces 4:9– y entonó un cántico después de la victoria –Judith 16, cf. Jueces 5–, y como Yael dió de beber a su enemigo y lo mató cuando éste dormía. La escena sucesiva de la huída de los asirios dejando todos sus enseres en Judith 15 es una réplica de la huída de los arameos en 2Reyes 7. En cuanto a la estructura, el autor tomó como modelo al Libro de Esther, quizás intentando crear una versión alternativa de la heroína judía. De esto trataremos en el capítulo siguiente.
Aún cuando los críticos elogian al autor por su estilo, en realidad como novelista carece de imaginación, pues toda su narrativa es simplemente una mezcla de distintas secuencias de acontecimientos precedentes poco modificados, los personajes creados por el escritor no son verdaderamente originales sino más bien un elenco teatral de nombres históricos a los que se atribuyen situaciones ficticias. Judith es una antítesis de Esther.


¿Por qué Judith no y Esther sí?

La pregunta se refiere obviamente a la inclusión en el TaNaJ, es decir, el canon de las Escrituras Hebreas. Al igual que Judith, el Libro de Esther no se encuentra entre los Rollos del Qumran, siendo el único del TaNaJ que no está presente en esa valiosa colección de manuscritos. También es el único libro aceptado en el canon del TaNaJ del cual se afirma que no fue escrito por un profeta, y que “Ninguno de los libros –Nevi'im y Ketuvim, es decir, Profetas y Escritos– quita o añade algo a la Torah, excepto la lectura del rollo de Esther” (Baraita Meghiláh 14a) – probablemente aludiendo también a la festividad de Purim, que no está ordenada en la Torah.
A pesar del carácter evidentemente secular y no observante de la Torah que demuestra Esther, posteriormente en la tradición judía es considerada como una de las "siete profetisas", aduciendo motivos sin fundamento para tal asignación ministerial. (Ver: Esther)
Desde el punto de vista histórico no existen dudas acerca de cuál de estos dos libros sería aceptable, puesto que si Esther fuera solamente una novela, está muy bien ambientada en el espacio y el tiempo, no hay errores históricos, los nombres de todos los personajes son acordes al contexto –Ajashverosh, Vashti, los siete príncipes, los eunucos, Hamán, los hijos de éste, todos tienen nombres estrictamente persas–, la ciudad de Susán era una de las capitales del Imperio Persa, y las descripciones de la corte y de las situaciones son coherentes con la realidad. En Judith por el contrario, hemos visto que no hay compatibilidad alguna con la historia.
Sin embargo, desde el punto de vista puramente religioso, Judith sería más favorecida que Esther como ejemplo de observancia. Veamos entonces los aspectos similares y los opuestos en estos dos relatos.

· En Esther el protagonista principal es reiteradamente llamado “Judío” –haYehudi–, enfatizando esta característica. Ningún otro personaje en el TaNaJ es llamado de esta manera. En Judith el nombre de la protagonista principal –Yehudit– literalmente significa “Judía”, y se enfatiza su condición de “Hebrea”.
· En los dos libros la figura central es una mujer: Esther una huérfana, Judith una viuda; ambos casos implicaban una condición de inferioridad en la sociedad de la época.
· Las dos mujeres usan la belleza y la seducción como armas contra el enemigo al que planean destruir, y se preparan adecuadamente en su aspecto físico antes del encuentro decisivo.
· Ambas invitan a su enemigo a un banquete que será fatal para ellos. En ambos banquetes el vino es determinante.
· Las dos mujeres son muy hábiles en el uso de la palabra para convencer al interlocutor. La ironía es un condimento apropiado a la narración en ambos escritos.
· En ambos casos el principal adversario es asesinado en manera humillante, y sucesivamente los Judíos ejecutan una venganza sobre sus enemigos por iniciativa de ellas, seguida de festejos.

Evidentemente, el autor de Judith tomó como base estructural para su relato la historia de Esther.
Veamos ahora en qué se diferencian los dos escritos.

· En Esther no se menciona a Elohim en todo el libro – aunque ocultamente sí se encuentra YHVH, pero no es tema de este estudio. En Judith el Elohim de Israel es central en toda la narración.
· En Esther el Templo de Jerusalem no es mencionado ni tampoco la Tierra de Israel. Sólo los Judíos como pueblo entre los habitantes del Imperio. En Judith la defensa del Templo de Jerusalem es la razón por la cual es absolutamente necesario defender la ciudad.
· Ni Esther ni Mordejai muestran alguna cualidad que les identifique como observantes de la Torah. De hecho, su comportamiento es más bien contrario (casamiento con un gentil, no hay objeciones a participar en banquetes con gentiles, ni se mencionan oraciones dirigidas a Elohim). Judith es extremadamente cuidadosa de observar todos los preceptos de la Torah, come solamente alimentos kosher, no se contamina sexualmente con gentiles, ora con devoción a Elohim – aunque sea para rogarle que le ayude a mentir con astucia, pero lo hace, e invoca a Elohim constantemente.
· Esther oculta su identidad judía a su propio marido y a toda la corte. Sólo cuando ella lo declara en el momento crucial se conoce su origen – lo que refuerza lo dicho anteriormente, que no llevaba una vida que la distinguiera de los gentiles. Judith se identifica como judía en presencia de su enemigo.
· Esther sólo actúa bajo la dirección de Mordejai, y él la incita a exponerse para salvar al pueblo. Judith se arriesga por propia iniciativa.

Se deduce que el autor de Judith quiso crear un personaje que corrigiera las falencias de Esther, una mujer que además de salvar a su pueblo tuviera celo por la Torah, que fuera determinada como Déborah y Yael, audaz pero también ferviente en la oración y observante de todas las leyes de Israel, que fuera un modelo de la mujer judía. Pero fue demasiado lejos: propuso una mujer independiente del varón. Algunos críticos ven en este particular la razón principal por lo cual el libro no fue considerado admisible para integrar las Escrituras. Si bien este podría ser un motivo válido para la exclusión, hay muchos otros, entre ellos, su total falta de historicidad.
Tampoco hay muchas razones para que Esther fuera incluido, pero en aquél tiempo es posible que su historicidad fuera verificable, puesto que serían acontecimientos ocurridos en la época en que había registros y memoria acerca de los mismos, y además una fiesta que se celebra sin haber sido ordenada en la Torah difícilmente puede haber surgido de una novela, sino de un evento realmente sucedido.


Susana

A manera de trilogía, consideramos un tercer escrito que tiene como protagonista una mujer, aunque en circunstancias totalmente distintas a las anteriores: Susana, cuya historia –obviamente ficticia– es ambientada en Babilonia y su inocencia es probada por un joven llamado Daniel, quien supuestamente se identificaría con el Profeta del mismo nombre.
Dejaremos de lado la trama y la exégesis de este relato breve, que consta de un solo capítulo, para focalizar la atención en un pasaje que muchos pasan por alto:

1:57 Así acostumbrabais hacer con las hijas de Israel, y ellas os complacían por temor, pero una hija de Judá no será cómplice de vuestra iniquidad.

El autor establece una distinción entre “las hijas de Israel” y “las hijas de Judá”, dando a entender que en el exilio hubo algunos contactos entre los Israelitas de las Tribus que hacía ya más de un siglo habían sido deportados por los Asirios, y los recientemente llegados del Reino de Judá. A pesar de que tal aproximación es altamente improbable, sobre todo en Babilonia, es de notar que el escritor reconoce la diferencia entre ambos grupos. Otro indicio nos lo da en 1:56, donde llama a uno de los jueces “simiente de Canaán y no de Judá”, lo cual podría referirse al aspecto moral y no al linaje del juez, pero también podría sugerir que pertenecía a la Casa de Israel, por lo cual estaba acostumbrado a comportarse de esa manera con las mujeres de su pueblo, pero no lo lograría con las de Judá. También es poco probable que los exiliados de Judá establecieran como jueces a ancianos de las otras Tribus, cuya presencia en Babilonia es además históricamente objetable.


Ben Sirà

Uno de los pocos escritos del período del Segundo Templo mencionados en textos rabínicos es el Sefer ben Sirā (Libro de Ben Sirā), también llamado Mishlè ben Sirā (Proverbios de Ben Sirā), o Jojmat ben Sirā (Sabiduría de Ben Sirā), obra de un escriba llamado Shimon ben Yeshua ben Eliezer ben Sirā. Es también el único libro apócrifo de los incluidos en la Septuaginta (y por lo tanto clasificado como “deuterocanónico” por las iglesias griega y romana) del cual se conoce el autor. De carácter sapiencial, tenía una cierta difusión antes de que fuera retirado de circulación dentro del judaísmo rabínico. De hecho el libro es citado algunas veces (Baba Metzia 112a; Baba Qamma 92b; Hagigah 13a; Bereshyt Rabbah 91:3; Avot 4:4) y en otras se desaconseja su lectura o su estudio (Toseftá Yadayim 2:13; Sanhedrin 100b; Qohélet Rabbah 12:12). Como consecuencia de no haber sido aceptado en el canon, el texto hebreo se perdió, sin embargo ha sido en gran parte recuperado a través de fragmentos encontrados en la Genizah de El Cairo y en los Rollos de Qumran. La traducción griega contiene una introducción en la cual se menciona a “los Profetas y los Escritos” (Nevi’im y Ketuvim) dando a entender que estas dos secciones que complementan a la Torah formando el TaNaJ ya eran consideradas como pertenecientes a las Escrituras inspiradas.
El contenido del libro es instructivo, al estilo del Libro de Proverbios y en parte al de Ecclesiastés, de los cuales es en cierta manera una paráfrasis. No añade conceptos nuevos a las Escrituras, por lo que podría ser considerado un Midrash. El tema principal del libro es la sabiduría, la cual Elohim ha puesto a disposición de toda la humanidad desde la Creación, aunque posteriormente reveló la profundidad y completitud de la misma en la Torah, dada a Israel, pero que está al alcance de todos los gentiles que la busquen. Ben Sirá considera el Pacto del Sinaí como eterno y de portada universal, extendiendo la esperanza de participación a todos los pueblos, como también fue anunciado por el Profeta Isaías. En general considera a los gentiles simplemente como “no-electos”, adoptando una posición de neutralidad o incluso favorable, exceptuando algunos grupos hacia los cuales manifiesta hostilidad por retenerlos enemigos de la integridad espiritual de Israel: edomitas, helenistas y samaritanos.
En su sección conclusiva el autor elogia a protagonistas de la historia bíblica desde Henoc hasta Nehemías –agregando el Kohen Gadol Shimon–, pero entre otros omite a Esdras, probablemente por su actitud extremadamente hostil hacia las mujeres extranjeras. De hecho, en su crítica hacia Salomón le reclama el haberse dejado inducir al error por sus mujeres, pero no menciona que las mismas eran extranjeras, lo cual nos indica la buena predisposición del escritor hacia los gentiles que deseen acercarse a la sabiduría dada a Israel.


Sabiduría

El otro escrito apócrifo del género sapiencial incluido en la Septuaginta es el impropiamente llamado “Sabiduría de Salomón”, puesto que es una obra compuesta en griego por uno o más autores –porque consta de tres partes bien diferenciables que pueden provenir de distintos escritores– quienes serían Judíos de Alejandría, durante el siglo I AEC, y nada tiene que ver con Salomón.
Obviamente desconocido o ignorado por el judaísmo rabínico, sin embargo el libro es mencionado por Najmánides (Ramban) en el prefacio a su comentario sobre la Torah.
De la misma época son los llamados “Salmos de Salomón”, escritos por uno o más autores, probablemente esenios o fariseos, son 18 salmos incluidos en la Septuaginta, cuyo contenido refleja la situación emocional de los Judíos con posterioridad a la invasión romana y profanación perpetrada por Pompeyo, cuya muerte es celebrada (2:30-31). La esperanza en un Mesías libertador es manifiesta. Sólo se conoce el texto griego, que deja traslucir un original hebreo o arameo en base a términos mal traducidos que provienen de expresiones semíticas.
Ninguna relación con estos escritos tienen las impropiamente denominadas “Odas de Salomón”, que pertenecen a la literatura gnóstica cristiana –o bien manipulada con evidentes interpolaciones en este sentido– y contienen alusiones blasfemas.


Libro de los Jubileos

Otro de los escritos particularmente apreciado en círculos místicos es el Libro de los Jubileos -Sefer Hayovlot- que narra la historia de la humanidad a partir de la Creación según un sistema de cuenta basado en períodos fijos de 49 años –jubileos– los cuales a su vez en base a un calendario solar en que cada año consta de 364 días. Aparte de esta característica, destaca el protagonismo de los ángeles, los nombres inventados de esposas de personajes bíblicos e interpretaciones caprichosas sobre varios pasajes de las Escrituras. Si bien el libro ha sido rechazado por el judaísmo rabínico, en muchos aspectos refleja las mismas opiniones sobre temas superfluos típicos de los debates rabínicos, entre las cuales mencionaremos algunas a continuación:
· La serpiente habló a la mujer (Génesis 3:1) – Jubileos 3:28 dice que el día en que Adam y su mujer fueron expulsados del Jardín de Edén, “En aquel día quedaron mudas las bocas de todas las bestias, animales, aves y reptiles, pues hablaban todos, unos con otros, en un mismo lenguaje e idioma” – idioma que, naturalmente, era el hebreo. Esta afirmación que causa cuanto menos hilaridad, ha sido también tratada en el ambiente rabínico suscitando diversidad de opiniones. Por ejemplo, mientras Saadiah Gaon y David Kimchi consideran que no fue la serpiente en sí quien habló sino un espíritu a través de ella –como en el caso del asna de Bal’am– y que la serpiente como tal carecía de intelecto, Avraham ibn Ezra propone opciones, que la mujer como ser inteligente entendía el lenguaje de las serpientes, o que la serpiente era el mismo Satanás. En el Midrash Lekah Tov dice que la serpiente hablaba en hebreo. En Avot de-Rabbi Nathan 42, que la habilidad de hablar le fue quitada a la serpiente como parte de su castigo. Aunque no hay registros rabínicos acerca de que todos los animales hablaran, aparte de la serpiente y en esa ocasión determinada, sí hay otras fuentes que indican que era una creencia común durante el período del Segundo Templo.
· El Eterno dijo a Adam: «el día que comieres del árbol, ciertamente morirás» (Génesis 2:17) – en este caso Jubileos 4:30 explica que Adam, habiendo vivido 930 años aún le faltaron 70 para completar un día, porque “mil años son como un día en la revelación celestial” y por lo tanto, murió en el mismo día en que comió. La misma idea encontramos en Bereshyit Rabbah 19:8.
· Caín tomó por mujer a una hermana suya. Obviamente, no tenía otra alternativa, pero en Jubileos también da el nombre, Awan, así como Seth tomó a su hermana Azura, su hijo Enosh a su hermana Noam, y Kenan a su hermana Mual’leth. En la tradición rabínica el matrimonio con hermanas se limita sólo a la primera generación y no se extiende hasta la tercera como en Jubileos. Sin embargo, en este caso la fantasía rabínica supera a la de Jubileos: en Yevamot 62a, Sanhedrin 58b, dice que Caín y Abel tuvieron sus respectivas hermanas gemelas y las tomaron por mujeres, cada una a la suya, mientras que en Bereshyit Rabbah 22:3,7 cuenta que Caín tenía una hermana gemela pero Abel y dos hermanas eran trillizos, y habiendo tomado cada uno a su respectiva melliza, la pelea entre ellos fue a causa de la tercera (una de las mellizas de Abel) que ambos contendían.
· Henoc en Jubileos es considerado el primero que escribió una revelación y quien estableció el calendario, conocedor de todos los secretos y del día del juicio, ejercitó el sacerdocio, reprendió a los ángeles que pecaron con las hijas de los hombres, ascendió al cielo en vida y anunció el Diluvio. Henoc es un personaje que ha suscitado controversia en el judaísmo rabínico después de haber sido uno de los más populares y admirados en el judaísmo del Segundo Templo, porque la idea de que una persona pueda transformarse en un ángel es difícilmente admisible para la tradición rabínica, además de sus características que lo mostraban como un prototipo del Mesías justamente en un período de conflicto con el emergente cristianismo. Mientras en toda la literatura de la época -Qumran, escritos pseudo-epigráficos, Josefo, Filón, etc.- su trasposición al cielo sin ver muerte y sus funciones de escriba celestial no son absolutamente puestas en duda, la opinión rabínica fue dividida desde el momento en que se trató de suprimir todo concepto referente a este argumento, se hizo desaparecer el Libro de Henoc y se reinterpretó Génesis 5:24 en una clave negativa. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos rabínicos, la idea original logró transcender incluso dentro del ambiente hostil que se le había creado en el judaísmo y Henoc llega a ser Metatron en algunos Midrashim y en escritos como Sefer Hekalot.
· Los “hijos de Elohim” de Génesis 6:1-4, en Jubileos se presentan como en todos los demás escritos del periodo del Segundo Templo, es decir, ángeles que descendieron y tomaron mujeres. Esta era la única interpretación existente en ese tiempo – así lo confirman también Josefo y Filón. Esta idea fue combatida por Shimon bar-Yojai, que también prohibió la lectura del Libro de Henoc, pronunciando un anatema. Igualmente la opinión rabínica permaneció dividida y en el Talmud incluso se citan nombres de los ángeles rebeldes. También Rashi mantuvo la interpretación original.
En general el Libro de los Jubileos es similar a un Midrash, cuyas afirmaciones en parte fueron aceptadas y en parte rechazadas por el judaísmo rabínico, pero es útil para conocer las ideas que circulaban en el ambiente judío durante el periodo que estamos tratando en este capítulo.


Libros de los Macabeos

De los ocho libros llamados “Macabeos” –aparte de los tres Meqabyan etiópicos–, sólo el primero tiene alguna importancia desde el punto de vista histórico, quedando descontado que ninguno de estos libros puede calificar como inspirado. En 1Macabeos encontramos un relato en general correcto, aunque con algunos errores históricos que no afectan mayormente a la credibilidad de la narración en su conjunto. Contiene varios documentos epistolares oficiales sobre los cuales existe perplejidad en cuanto a su autenticidad. De todas maneras, el escrito es importante para conocer los eventos históricos del período seléucida y los sucesos que condujeron a la celebración de Hanukkah, que conmemora la dedicación del Templo después de haber sido profanado por Antíoco IV. El autor es claramente del partido de los saduceos, y en coherencia con esta filiación no encontramos en el libro algún indicio sobre la esperanza mesiánica, ni de la resurrección o de la inmortalidad del alma. Los hechos son narrados poco tiempo después de ocurridos, puesto que el autor considera a los Romanos como aliados y amigos, es decir, antes de que invadieran Judea.
Los demás libros de los Macabeos pertenecen al género de la novela histórica, excepto el cuarto, que es principalmente un tratado filosófico.


Tobit

De todos los apócrifos incluidos en la Septuaginta, sin duda Tobit es el libro de más escaso valor, puesto que además de sus errores históricos es un relato lleno de supersticiones que estaría mejor ubicado entre las Mil y Una Noches que entre los escritos pseudo-bíblicos. Se trata de una novela histórica y de la misma manera que Judith, reemplaza a los Griegos con los Asirios. La historia, aparentemente ambientada en Asiria, se delata por los anacronismos e incongruencias culturales que son claramente características del período seléucida, como veremos.
Entre los anacronismos y errores históricos menciona a Senaquerib como hijo y sucesor de Salmanasar (1:15), ignorando a Sargón que reinó entre uno y otro. El protagonista dice ser de la Tribu de Neftalí y supuestamente celebraba Shavuot (2:1), cuando la Casa de Israel había dejado de conmemorar las solemnidades ordenadas en la Torah. En el capítulo 13 habla de Jerusalem –que no tenía relación con el Reino de Israel– aludiendo a que ha sido destruida así como el Templo, cosa que no sucedió hasta dos décadas después de la destrucción de Nínive, que en el libro acontece al final. El personaje principal de esta ficción se preocupa por sepultar a los muertos que son abandonados a la intemperie, sacrilegio que cometían los Griegos pero jamás los Asirios.
Además de estas cosas, esta novela hace apología de la mentira y fomenta el curanderismo. Un supuesto “ángel Rafael” se presenta diciéndole: «Soy uno de tus hermanos israelitas, y he venido a buscar trabajo aquí» (5:5, en algunas versiones esta declaración ha sido omitida). Tobías le dijo: «¿Conoces el camino para ir a Media?»; «¡Por supuesto!», le respondió el ángel. «He estado allí muchas veces y conozco todos los caminos de memoria. He ido frecuentemente a Media y me he alojado en casa de Gabael» (5:6, justo a la casa donde Tobías debía ir). Y cuando Tobit le preguntó a este supuesto ángel a qué familia pertenecía, le respondió: «Yo soy Azarías, hijo de Ananías el Grande, uno de tus hermanos» (5:12,13). Y finalmente cuando este ángel (¿caído?) revela quién es, dice: «Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están delante de la gloria del Señor y tienen acceso a su presencia… Yo no comía ni bebía como os hice ver: eso no era más que una apariencia» (12:15,19). Además de embustero, este ángel le recomienda realizar rituales de brujería con un extraño pez (6:4,8; 11:4) y lo más cómico es que ese pez era tan hediondo que hizo escapar a un demonio que era un enamorado empedernido y voló hasta Egipto (8:3). Para darle más colorido al relato, también está el perro que acompaña a Tobías (5:16; 6:1; 11:4), un detalle que probablemente fue agregado después y proviene de la Odisea. Este breve comentario es más que suficiente para este libro.


Ver: La Literatura Judaica del Período del Segundo Templo y el Nuevo Testamento.



 

 

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