ISRAEL
EL PUEBLO ELEGIDO


El Libro de Esther


El Libro de Esther es una magnífica obra de literatura que narra detalladamente una sucesión de hechos aparentemente históricos. El estilo de escritura del rollo –o Meghiláh, como se denomina en hebreo– es el de un cronista de corte, quien se esmera en relatar los acontecimientos tal y como ocurrieron sin explicar los motivos. Sin embargo, su colocación en la historia es de difícil solución teniendo en cuenta los documentos y la evidencia –o ausencia de ella– de que se dispone hasta el presente. La precisión con que se describe la corte aqueménide indicaría que el autor fue un testigo ocular, o una persona muy bien informada, con excelente documentación acerca del Reino de Persia en la época de Darío Hystaspes. No obstante, hay otros elementos que sugieren una composición posterior, en el periodo helénico, por lo cual se infiere que la segunda posibilidad es la más plausible: un escritor con óptimo conocimiento del lugar y momento en el cual se desarrollan los hechos que expone, aún mucho tiempo después de haber sucedido. Si bien se trata de una novela histórica –es decir, un relato de ficción ambientado en un marco histórico real–, podemos identificar a tres de sus protagonistas principales con personas que efectivamente existieron.
En este estudio distinguiremos los siguientes aspectos: literario, histórico, alegórico y profético.

Estilo literario


La Meghilat Esther pertenece a un género literario que es único en la Biblia: es una novela de intrigas rica en giros de trama. El autor, quien debiera ser un judío, se expresa como un escriba oficial del reino persa – y cabría la posibilidad de que haya adaptado alguna crónica real, en cuanto sus descripciones de la vida palaciega y el entorno de la misma corresponden a las que habría narrado un testigo presencial. El escritor no se identifica con ninguno de los personajes, ni con su pueblo, sino que se expresa en una manera absolutamente neutral, limitándose a exponer los eventos: No se nos dice por qué Assuero preparó los dos banquetes, cuál fue la razón por la cual Vashti se negó a presentarse, qué castigo se le aplicó (además de no poder comparecer ante el rey nunca más), qué motivó la conspiración de Bigthan y Teresh, o por qué Mordejai ordenó a Esther que no revelara su origen. Es un drama en el cual se despliega una sucesión de incidentes y contrastes que llevan la acción hacia un clímax.
El uso de terminología legal con exceso de pleonasmos (1:22; 3:12,13) indica que el autor es o pretende ser un cronista de corte, así como la nomenclatura protocolaria de los funcionarios, y el cuidado de mencionar siempre la dignidad del monarca, llamándolo “ha-melej Ajashverosh (el rey Assuero), y también a “Vashti ha-malkah” (la reina Vashti) hasta antes de ser depuesta – sólo después se la llama por su nombre solamente.
Es significativo que el día en el cual se promulgó el decreto de exterminio haya sido víspera de Pesaj (“el día trece del mes primero” -3:12-, siendo el mes primero Nisán -3:7-) y sin embargo no se hace alusión alguna a la festividad más importante de los Judíos, así como tampoco se menciona el Templo en Jerusalem, cuya construcción debía haber sido terminada en el tiempo transcurrido entre 1:22 y 2:1 – todos estos elementos indican la intencionalidad del autor en presentarse como un escriba del reino, ajeno al pueblo judío.

La trama de la historia y la caracterización de los personajes es notablemente de origen persa, y bien podría integrarse como un relato más de Hazār Afsāna, colección farsi de cuentos más conocida en su versión árabe, Las Mil y Una Noches, en los cuales son recurrentes las descripciones similares a las de Meghilat Esther: palacios fastuosos y banquetes, reyes caprichosos y temperamentales influenciados por sus visires y desencantados de sus mujeres, proclamas por todo el reino para seleccionar mozas vírgenes para el monarca y una exagerada preparación con cosméticos refinados antes de presentarse ante él, una de ellas se destacará sobre todas las demás por su belleza y sabiduría y logrará conquistar el corazón del rey, así como también surgirá un malvado que procurará la desgracia de los protagonistas y terminará asesinado… todos estos elementos son característicos de la literatura persa y están presentes en el Avesta y en el Shâhnâmeh, el Libro de los Reyes de Persia. Ambas obras tratan sobre la dinastía legendaria de los Kayánidas, de dudosa historicidad, la cual sería más bien una versión romántica de los Aqueménidas –a quienes supuestamente precedieron–. Es posible que la introducción de Hazār AfsānaLas Mil y Una Noches– se haya inspirado en Meghilat Esther: según la tradición persa, esa compilación de relatos fue escrita para Homāy, hija y esposa de Bahman, sucesor de Vištāspā (Hystaspes). Conforme al Shâhnâmeh, Homāy también era llamada Šīrāzād/Shahrāzād, y el eminente historiador persa Abu Ja’far at-Tabari afirma que su abuela paterna se llamaba Estār –quien habría sido la misma esposa del rey Vištāspā, cuyo nombre era Hutaosā–, y asimismo el geógrafo e historiador árabe al-Masʿūdī vincula a la abuela paterna de Homāy con los hijos de Israel. En el Avesta, Humāiyā es la hija de Vištāspā y de Hutaosā. Mientras los autores persas at-Tabari y al-Bīrūnī coinciden en que era Homāy quien era también llamada Shahrāzād, los escritores árabes al-Masʿūdī y Ahmad al-Ya'qubi atribuyen este nombre a su madre Hutaosā. Por otra parte, Ḥamza Eṣfahāni le asigna el apelativo Šemirān, el cual está de alguna manera relacionado con Esther.
El rey Ajashverosh de Meghilat Esther es equiparable en Hazār Afsāna al personaje de Šahrīyār, cuyo nombre en persa tiene un significado muy similar al de Xšayaṛša, el cual se translitera al hebreo en Ajashverosh. El relato comienza también con la destitución (y ejecución) de la reina y la sucesiva búsqueda de vírgenes para pasar la noche con el rey, aunque cada una de ellas es luego asesinada, hasta que la bella e inteligente Šahrāzād logra cambiar la suerte de todas las doncellas del reino conquistando al rey. Las historias de intrigas de corte, traiciones, banquetes y matanzas se repiten en distintos episodios de las mil y una noches durante las cuales se extiende la narración, y es posible encontrar varios personajes semejantes a Esther, a Vashti, a Assuero, a Mordejai o a Hamán, en situaciones parecidas. Por supuesto, Hazār AfsānaLas Mil y Una Noches– no pretende ser una obra de carácter histórico sino una compilación de cuentos, aunque algunos de sus protagonistas sean identificables con personas reales. Sin embargo, es posible intuir que entre estos relatos y el Libro de Esther hay un origen común en la antigua literatura persa.


Historicidad


En la antigua historia de Persia están entrelazados el mito y la realidad, y en muchos casos es difícil distinguir los hechos que en verdad ocurrieron de las leyendas que, hasta un cierto punto, son verosímiles. Las crónicas de la dinastía de los Kayánidas muestran muchas semejanzas con las de los Aqueménidas, linaje descendiente de Haxāmaniš, quien parece ser también un personaje legendario al cual los reyes de Persia presentan como fundador de su estirpe. Ambas dinastías tienen muchas coincidencias, como si llevaran vidas paralelas, una en la realidad y otra en la leyenda, a su vez alternándose en estas situaciones. En la historia de los Kayánidas aparece un personaje cuya existencia es indudable porque dio origen a una religión: Zaraθuštra, o Zoroastro – si ese era su nombre, o cual era su identidad, y si los hechos que se le atribuyen verdaderamente acontecieron o no, sigue siendo un misterio, pero ciertamente representa a algún profeta que difundió esa doctrina y logró llevarla a la corte de Persia, porque era la religión que profesaban los Aqueménidas. Para poder identificar a los actores de los hechos referidos en la Meghilat Esther es necesario considerar ambas líneas narrativas. También es útil tener en cuenta que las relaciones de parentesco entre los Aqueménidas son en muchos casos hipotéticas o dudosas –aunque el incesto parecía ser aceptable entre los persas de aquella época, o por lo menos en las casas reales– ya que los datos aportados por los mismos documentos persas son escasos y obscuros, y los autores griegos no contribuyen mucho al esclarecimiento, sino más bien acentúan la confusión.


Assuero

Aunque el relato es de carácter novelesco, analizaremos igualmente las posibilidades de ubicarlo en el reinado de algún monarca persa, teniendo en consideración los datos que el mismo libro nos provee, a saber:
· El nombre del rey de Persia era Ajashverosh (1:1)
· Su reino se extendía desde la India hasta Nubia (Etiopía), y se dividía en 127 provincias (1:1)
· La capital del imperio era Susán (1:2)
· Impuso tributo “sobre las islas del mar” – referencia a Grecia e islas del Mar Egeo (10:1)
· Reinó por lo menos trece años – a comienzos del año 12º de su reino, en el primer mes se sorteó “Pur”, y su ejecución fue estipulada para el último mes, a las puertas de su 13º año (3:7)
· La corte estaba compuesta por siete príncipes de Persia y de Media (1:14)
· En el tercer año de su reinado, Ajashverosh depuso a la reina Vashti (1:3,21)
· En el séptimo año de su reinado, el rey desposó a Esther (2:16)
· El protagonista llamado Mordejai “el Judío”, de la tribu de Benjamín, era uno de los deportados que el rey Nabucodonosor había trasladado a Babilonia junto con Yehoyakin/Yekoniah (2:5-6), y era primo de Hadassah, quien es la misma Esther (2:7)
También es necesario estimar las omisiones importantes:
· No se menciona en ningún momento el Templo, ni Jerusalem, ni Israel.
· No se hace referencia alguna al retorno de Babilonia decretado por Ciro, ni se nombra a Esdras o Nehemías.
· No hay ninguna alusión a la Toráh, ni a Moisés, ni a los Profetas.
· La omisión más notable: no hay mención de Elohim ni de Su Nombre (aunque se lo encuentra oculto).
En otro capítulo hemos tratado sobre la identidad de Assuero, no obstante, aquí consideraremos específicamente el rey al cual hace referencia el rollo de Esther.

Para establecer un marco histórico plausible es necesario tener en cuenta que la información de que disponemos acerca del Imperio Persa Aqueménida es sumamente escasa, puesto que hay solamente cuatro documentos pertenecientes al mismo: el Cilindro de Ciro, la Inscripción de Behistún, las Tablillas de la Fortaleza de Persépolis y los Papiros de Yeb (Elefantina). Sin embargo, la cronología “oficial” privilegia a los escritores griegos, principalmente Heródoto y su composición “Historíai”, Xenofonte y su “Anabasis”, y los inverosímiles relatos de Ctesias de Cnidos en su obra “Persika”, todos los cuales escribieron según la información que lograban recopilar de distintas fuentes, mezclando sucesos con leyendas y confundiendo muchas veces los nombres de los monarcas, a veces ficticios. Por otra parte, la Roca de Behistún es un registro ordenado por el rey Darío Hystaspes para su propia glorificación, por lo cual es muy probable que haya plagiado o reinterpretado los hechos, cosa que solían hacer también los faraones. Por lo tanto, quizás no todos los eventos atribuidos a Darío “el Grande” le pertenezcan, sino que podrían haber sido proezas de monarcas que lo precedieron. Sin embargo, no siendo posible determinar cuáles hazañas le correspondan y cuáles no, debemos tomar como referencia ese registro en cuanto es de todas maneras más fidedigno que las crónicas de los autores griegos.

El primero de los reyes que debemos descartar como candidato a ser identificado con Assuero es Jerjes. Aparte del débil argumento a su favor, que es exclusivamente lingüístico, vale decir, la transcripción del nombre –más bien título– persa Hšayāŗšā/Kshayarsha, que en hebreo sería Ajashverosh, habría algunas otras particularidades que corresponderían a su personalidad según la versión de los narradores griegos, las cuales también serían atribuibles a otros reyes. De hecho, la caracterización que Heródoto y los autores clásicos presentan de Jerjes es puramente subjetiva y por lo tanto carente de rigor histórico. Jerjes comenzó su reinado planificando la venganza contra los griegos por la derrota de su padre Darío en Maratón (490 AEC, calendario convencional), y en su quinto año dio inicio a su invasión de Grecia, siendo posteriormente derrotado en Salamina (480 AEC). Tal batalla fue decisiva en el contexto de las Guerras Médicas, y Persia perdió definitivamente el control de Grecia. Todo lo contrario a la imposición de tributos sobre las islas enunciado en Esther 10:1. En ese mismo periodo inicial tuvo que sofocar revueltas en Egipto y en Babilonia, por lo tanto, no era el momento propicio para organizar banquetes, cuando no tenía nada que celebrar sino que le era menester ocuparse en mantener el orden en su imperio y estaba preparando su estrategia militar para la conquista de Grecia. Además, la edad que tendrían Mordejai y Esther al inicio de su reinado hace imposible que pueda tratarse de este rey.

De hecho, la edad de ambos protagonistas sería más coherente con el reinado de Cambyses (Kambuyia), hijo de Ciro. Es interesante notar que en el libro de Esdras este rey es llamado Assuero, el cual sería el mismo Artajerjes mencionado inmediatamente después, según la particularidad lingüística del hebreo que consiste en repetir el mismo concepto con distintas palabras:
“Y en el reinado de Assuero, en el principio de su reinado, escribieron acusaciones contra los moradores de Judá y de Jerusalem. Y en días de Artajerjes, Bislam, Mitrídates, Tabeel, y los demás sus compañeros, escribieron á Artajerjes rey de Persia; y la escritura de la carta estaba hecha en arameo, y declarada en arameo” – Esdras 4:6,7.
En la versión griega del Libro de Esther el nombre del rey Assuero es Artajerjes, y también Josefo lo llama así (Antigüedades 11:6), por lo tanto ambos son equivalentes. Sin embargo, hay quienes interpretan que en Esdras 4:6,7 se hace referencia a dos reyes distintos, Cambyses y Bardiyā –o el impostor Gaumata–, lo cual no alteraría la identidad de Ajashverosh como Cambyses.
Cambyses trasladó la capital de Pāsārgād a Susán y durante su reinado la construcción del Templo fue detenida (Esdras 4:21-24). Según los autores griegos, era de carácter impulsivo, veleidoso y proclive a las borracheras y festejos. Sin embargo, los cronistas egipcios lo describen en una manera totalmente distinta: benévolo hacia el pueblo, redujo los impuestos destinados al mantenimiento de los templos y de sus sacerdotes, por lo cual se ganó la aversión de los mismos. También concentró el poder en su persona, desestimando a los aristócratas, mientras que el Assuero de Esther, por el contrario, tenía a sus príncipes en alta consideración y les consultaba para tomar decisiones. Por otra parte, según la cronología oficial, Cambyses sólo reinó siete años y medio, aunque habría registros donde se le cuentan dieciocho años de reinado, quizás incluyendo los periodos de co-regencia con su padre. Tampoco se conoce en qué manera murió, aparentemente, habría sido en el camino de regreso desde Egipto hacia Persia para recuperar el trono, que habría sido usurpado por su hermano Bardiyā o por un mago llamado Gaumata –nombre que podría también transcribirse como Hamedata, el padre de Hamán–, quien se habría hecho pasar por Bardiyā, engañando incluso a las esposas de éste. Si bien esta última sería la historia oficial, es la versión del propio Darío Hystaspes para legitimar su acceso al trono y, por los particulares novelescos de toda la acción, es poco creíble. Cómo murió Cambyses y a quién destronó en realidad Darío Hystaspes, sigue siendo un misterio.
Cambyses tomó por esposas a Hatossa/Hutaosā –su propia hermana–, y a Roxana/Raoxshna, quien también habría sido, según parece, hermana suya, al menos por línea paterna.

Sin duda, el rey que mejor satisface las características del Assuero de Esther es Darío Hystaspes:
· Su reino se extendía desde la India hasta Nubia / Etiopía (1:1)
· La capital del imperio era Susán (1:2)
· Impuso tributo “sobre las islas del mar” – referencia a Grecia e islas del Mar Egeo (10:1)
· Reinó más de trece años (3:7); su reinado duró treinta y seis años.
· Instituyó la corte compuesta por siete príncipes de Persia y de Media (1:14)
Además, el nombre de su esposa favorita era Hutaosā, que en hebreo bien se puede transliterar como Hadassa.
Darío “el Grande”, hijo de Hystaspes –por lo cual es llamado con ambos nombres, el suyo y el de su padre, Dārayavauš Vištāspā en lengua farsi–-, pertenecía a una línea de los Aqueménidas paralela a la de Ciro, la cual no tenía rango imperial, y sólo tendría derecho a la corona de Persia en ausencia de una descendencia masculina de Ciro. Por este motivo, la muerte de Cambyses y de Bardiyā, los dos hijos varones de Ciro, suscitan algunas perplejidades que comprometen la credibilidad del relato autobiográfico de Darío sobre su ascenso al poder, que él mismo dejó inciso en la Inscripción de Behistún. Al margen de estas sospechas, tanto la Biblia como la historia lo presentan como un buen rey.
Darío legitimó su derecho a la corona de Persia y de Media garantizando que el linaje real de Ciro continuara a través de él, tomando por esposa a Hutaosā, hija de Ciro y hermana y viuda de Cambyses, a Artastūnā, presuntamente también hija de Ciro, a Parmys/Uparmiyā, hija única de Bardiyā, y a Phaidymē, quien habría descubierto la conspiración de Gaumata y la habría comunicado a su padre Otanes/Utāna, uno de los seis compañeros de Darío en el golpe de estado que lo llevó al trono. Phaidymē, según algunas fuentes, era tía de Parmys y mujer de Bardiyā, lo cual le habría facilitado identificar al impostor. Darío tuvo al menos otras dos esposas, hijas de sus generales. Sus matrimonios con Hutaosā y Uparmiyā, respectivamente la viuda de Cambyses y la hija de Bardiyā, disipan sospechas de conspiración contra la casa real de Ciro y acreditan su versión de los hechos, siendo poco probable que las mismas mujeres fueran cómplices contra su propia familia.
El carácter poco resuelto de Assuero al momento de tomar decisiones, mostrándose dependiente de los consejos de sus príncipes (Esther 1:13-15; 2:2; 6:6) es coherente con la actitud de Darío, quien estableció la presencia de siete nobles asistentes del rey en la corte, seis de los cuales fueron sus compañeros que le ayudaron a llegar al poder, aunque sus nombres no coinciden con los siete príncipes mencionados en Esther. Los seis generales de Darío se llamaban Utāna, Aspačanā, Gauburuva, Vindafarnâ, Bagabuxša, Vidarna. El principal de ellos parece haber sido Otanes (Utāna), quien podría equipararse a Memucán (o Mavján en la versión aramea).
Darío Hystaspes en su primer año tuvo una intensa actividad bélica, sofocando revueltas y restaurando el orden en todo su imperio. Consolidada la paz en su segundo año de reinado –en el cual también autorizó que se reanudara la construcción del Templo en Jerusalem (Esdras 4:24)–, es lícito pensar que haya dedicado su tercer año a festejar, más aún, considerando su carácter vanidoso.
Otro aspecto de su personalidad que coincide con la de Assuero es, según Heródoto, que Darío tenía reputación de “mercader”, por cuanto procuraba obtener ganancias monetarias de todo lo que fuera posible, y esto también se refleja en la oferta de Hamán de pagar diez mil talentos de plata para convencer más fácilmente al rey (Esther 3:9).
En el sexto año de su reinado se concluyó la construcción del Templo en Jerusalem (Esdras 6:15). En ese mismo año, según la Meghiláh, habrían sido convocadas las mozas entre las cuales se habría elegido a la nueva esposa del rey (Esther 2:12,16).
En el Libro de Esdras y Nehemías, Darío recibe también el nombre de Artajerjes (ver: Identificando a Artajerjes), y en el apócrifo Primer Libro de Esdras repite casi literalmente el texto de Esther 1:1,3, reemplazando el nombre de Assuero por el de Darío:

“Y cuando reinaba Darío, hizo un gran banquete para todos sus súbditos, y para toda su familia, y para todos los príncipes de Media y Persia, Y para todos los gobernadores, capitanes y lugartenientes que estaban debajo de él, desde la India hasta Etiopía, sobre ciento veintisiete provincias”.
–1Esdras 3:1-2–

Por lo tanto, hay suficientes evidencias para llegar a la conclusión que el Assuero de Esther no es otro rey que Darío Hystaspes, Dārayavauš Vištāspā, llamado también Darío el Grande.


Vashti

Hasta el momento no se conoce ningún documento que mencione la destitución de alguna reina durante el mandato de Darío o de algún otro rey Aqueménida. Su corta historia está relatada en el capítulo 1 del Libro de Esther:
· Era la Reina de Persia, y hermosa de aspecto (1:11)
· Organizó un banquete sólo para las mujeres, en el palacio real (1:9)
· En el séptimo día de las celebraciones, el rey, embriagado de vino, mandó a que se presentara ante él y sus príncipes (1:11)
· Vashti se rehusó a comparecer, desobedeciendo al rey (1:12)
· Fue sentenciada a no mostrarse nunca más ante el rey, y le fue quitado su título de reina (1:19)
El decreto que supuestamente sucedió a este hecho, ordenando que “todo hombre sea el señor en su propia casa” es descabellado y sólo un rey en estado de ebriedad pudo haberlo aprobado. Si en verdad Darío promulgó tal edicto, merece un lugar en la lista de los reyes más ridículos de la historia.
El personaje de Vashti es tratado en manera diferente por los rabinos de Babilonia, que la odiaban, y los de Jerusalem, que la muestran como una mujer virtuosa. Si bien las absurdas especulaciones relatadas en los Midrashim con respecto a ella no son dignas de tener en mínima consideración, en dichos tratados se conjetura el motivo por el cual ella se negó a presentarse ante el rey y sus compañeros: en la disposición dada en 1:11 “que trajeran a la reina Vashti a la presencia del rey con su corona real, para mostrar al pueblo y a los príncipes su belleza, porque era muy hermosa”, argumentan que la orden indicaba que se presentara “con su corona real” como único atavío, sin ningún otro vestido. Si tal fue el motivo por el cual Vashti se rehusó, su desobediencia fue justificada; ella era una mujer honorable y de gran respeto, que no se habría rebajado a satisfacer las miradas libidinosas de los amigos borrachos del rey, y es lo que opinaban los rabinos de Jerusalem. Los de Babilonia, atribuyéndole toda clase de ignominias, aducían que en realidad no se quiso presentar porque repentinamente se le produjo una enfermedad en la piel, o incluso que le creció una “cola”, palabra usada a su vez en manera eufemística. Tal aversión hacia su persona respondía a otra falsa atribución acerca de su linaje: que ella fuera la hija de Belshatsar, último rey de Babilonia, depuesto por Ciro de Persia. Tal afirmación carece de fundamento y es contraria a toda evidencia, particularmente histórica y lingüística. Según Heródoto, los reyes de Persia y de Media, aunque tenían varias esposas y muchas concubinas, sólo podían casarse con mujeres de las seis principales familias nobles de los persas – y esto es válido tanto para Vashti como para Esther. Era ilegal, bajo pena de muerte, que nadie, excepto el rey, los parientes cercanos y los eunucos, vieran a las esposas y concubinas reales, por lo tanto, el mismo rey estaba violando la ley y Vashti tenía justificación en no querer concederle su demanda. De todas maneras, es posible que la naturaleza de la orden del rey implicara algo inmoral, porque no tendría sentido que ella corriera el riesgo de perder su posición de reina si solamente se le hubiera pedido que mostrara su rostro.
Otra tradición cuenta que Assuero, una vez pasados los efectos de su intoxicación, reclamó la presencia de su esposa y le dijeron: «¡La mataste!»; entonces él preguntó: «¿Por qué?»; ellos respondieron: «Ordenaste que ella viniera ante tu presencia desnuda y ella no vino». Entonces él admitió: «No actué bien. ¿Y quién me aconsejó que la matara?»; le respondieron: «Los siete ministros de Persia y de Media». Inmediatamente los mandó a ajusticiar, y por este motivo los siete príncipes no se mencionan más en el Libro de Esther (Midrash Abba Gurion, capítulo 2, cf. Esther Rabbah 5:2).
Según la ley de Persia, Vashti no habría sido ejecutada sino solamente privada de su título de reina y degradada a la categoría de concubina ordinaria, a quien, por su mismo decreto, el rey no convocaría nunca más y permanecería el resto de su vida segregada en el harem.
En cuanto al aspecto lingüístico, el nombre Vaštī no tiene absolutamente nada de babilonio, ni de arameo, sino que es puramente persa, y está relacionado con Vahišta por etimología y significado. En el Avesta, Vahišta tiene el sentido de “más excelente” en grado superlativo, por lo tanto, Vaštī conlleva el concepto de “la mejor, la más excelente”. En el zoroastrismo, Aša Vahišta es uno de los seis Aməša Spənta, quienes junto a Ahura Mazdā, el Creador, conforman los “Siete Espíritus Divinos”, siendo Aša Vahišta quien estuvo presente en la Creación, equivalente a la Sabiduría –Jojmáh– en Proverbios 8, o al Verbo en el Evangelio. Aša Vahišta, “la mejor justicia”, era la Entidad protectora del fuego y garante del orden moral y físico del mundo, por lo cual el nombre de Vaštī implica grande virtud. El festival del Nowrūz / Nō Rūz, el “Año Nuevo” zoroastriano, es dedicado a Aša Vahišta, y su celebración es próxima a la de Purim.
La primera mención de Vashti (1:9) ocurre después de un verso en el que por única vez en las Escrituras se usa en referencia a la bebida el término hebreo ‘V’hashtiya’ (1:8), haciendo juego de palabras con su nombre, lo cual podría interpretarse como un indicio de que la suerte de la reina y su decisión estarían determinadas por el licor, que cada uno bebería “a propia discreción, sin obligación”, y que obviamente ni el rey ni sus huéspedes tuvieron alguna moderación en su consumo.
Si bien no existe registro de que Darío haya repudiado a alguna de sus mujeres, una de ellas responde a ciertas características de Vashti: Irtašduna o Artastūnā, hija de Ciro (según Heródoto). En las Tablillas de la Fortaleza de Persépolis se la llama duukšiiš “princesa”, título que se daba a las esposas del rey, y se dice de ella que poseía varios palacios en distintos lugares de Persia, y que acostumbraba a organizar banquetes, en algunas ocasiones junto a su hijo Aršāmā. Quizás, si esta persona es la misma Vashti, se le haya concedido llevar una vida independiente, con el solo requisito de no presentarse más ante su marido el rey – aunque Heródoto afirma que era ella la mujer preferida de Darío, a quien él dedicó una estatua de oro.


Hadassa

Si bien el nombre Hadassah tiene un significado en hebreo, mirto, en realidad es la hebraización de un nombre persa, el de la más ilustre de las reinas de Persia, tanto en la realidad como en la leyenda: Hatossa, o Hutaosā. A continuación, trataremos sobre las dos reinas que llevaron ese nombre, puesto que ambas comparten características con Esther.

Hadassa Aqueménida

Hutaosā era hija de Koresh –Ciro el Grande– y de su esposa favorita Kassandanē, y hermana por ambas partes de Cambyses, de Bardiyā y de otra hija de Ciro y Kassandanē cuyo nombre es incierto. Por línea paterna era hermana suya Raṷxšnā/Roxana, y quizás también Artastūnā, esposas de Cambyses y de Bardiyā respectivamente. Hatossa fue consorte de su hermano Cambyses juntamente con su hermana Roxana, y a la muerte de éste, habría sido recluida en el harem del impostor Gaumata, para impedir que ella pudiera fácilmente descubrir que no se trataba de su hermano Bardiyā. Sucesivamente, después de su exitoso golpe de estado, Darío Hystaspes la tomó como esposa principal, legitimando de esta manera su derecho al trono de Persia, siendo él de una línea de los Aqueménidas distinta de la de Ciro. Por su linaje y su inteligencia, Hatossa ejerció una gran influencia en su esposo y en la corte, y como reina recibió el rango de “Señora de Señoras”, título que solamente se había dado a Anāhitā, deidad “virgen” de la fertilidad, idéntica a la semítica Ishtar. La devoción de los Aqueménidas a Anāhitā evidentemente sobrevivió a su conversión al zoroastrismo, al punto de introducirla en el culto monoteísta fundado por Zarathustra. Es notable que Hatossa recibe el título reservado a Ishtar, nombre equivalente a Esther.
La ley de Persia y de Media requería que el heredero al trono fuera el hijo primogénito del rey, y, por lo tanto, la sucesión correspondía a Ašavazdah, hijo de Darío y de la hija de su general Gubaru, quien era además cuñado del rey, marido de una hermana de Darío; pero el ascendiente que Hatossa ejercía sobre el rey determinó la decisión de Darío en favor de Kshayarsha, Jerjes, el hijo mayor de Hatossa y Darío. Había dos motivos que validaron esa elección: Jerjes era nieto de Ciro, y fue el primer hijo nacido a Darío siendo rey. Los otros tres hijos de Hatossa también obtuvieron posiciones de privilegio en el imperio: Vištāspā, jefe de las tropas bactrianas y escitas, Masišta, comandante general y sátrapa de Bactria, y Haxāmaniš, almirante de la flota egipcia. Durante el reinado de su hijo Jerjes, ella mantuvo su poder y autoridad como reina madre.
Según Heródoto, fue Hatossa quien indujo a Darío a enviar una expedición a las costas del Mar Egeo con el fin de ponderar la posibilidad de conquistar Grecia. Es significativo que en el Libro de Esther sea sólo en 10:1, después de Purim y una vez que Hadassa había alcanzado el máximo poder en la corte, que se declare “El rey Assuero impuso tributo sobre la tierra y las islas del mar”.
Sin duda, Hatossa fue la reina más prominente en la historia del Imperio Persa de los Aqueménidas. Tenía poder decisional en la administración de los asuntos políticos y culturales del estado, a pesar de que legalmente no podía tener esos derechos.
¿Quién era la Reina de Persia mencionada en Nehemías 2:6, y por qué era importante? ¿Era ella Esther? Sí, seguramente, para que Nehemías considerara relevante expresar que “la reina estaba sentada junto a él” (al rey) es porque ella tenía una autoridad especial, favorable a los judíos – esa reina a quien alude Nehemías era Hatossa.

Hadassa Kayánida

En el Avesta, Hutaosā era la hermana y esposa del rey Kavi Vištāspa, y la primera mujer que creyó a la predicación de Zarathustra, por lo cual es llamada āzātā, “de nacimiento noble”. Ella convenció a su marido de recibir a Zarathustra como enviado, y Vištāspa lo reconoció como el verdadero mensajero de Ahura Mazdā, lo aceptó como profeta y le dio un lugar en la corte. Desde entonces, su culto pasó a ser oficial en el reino. Zarathustra intercede por ella en el siguiente pasaje:

“¡Oh, bueno, el más benéfico Drvâspa! concédeme esta bendición, para que pueda traer a la buena y noble Hutaosā a pensar de acuerdo con la ley, a hablar de acuerdo con la ley, a hacer de acuerdo con la ley, para que pueda difundir mi ley de AhuraMazdā y darla a conocer, y que ella puede otorgar hermosas alabanzas a mis obras”.
–Yašt 9:26 –

La reina Hutaosā manifestó haber creído desde el principio en Ahura Mazdā y en el mensaje de su enviado, y fue la primera persona de la casa real en adoptar esa fe. De esta manera, el nombre de esta mítica reina pasó a ser el más honorable en Persia, y era dado por los creyentes zoroastrianos a sus hijas, entre las cuales la más ilustre fue la hija de Ciro el Grande.
Esta misma Hutaosā es quien Abu Ja’far at-Tabari afirma que se llamaba Estār, y quien al-Masʿūdī vincula con los hijos de Israel y le atribuye el título de Shahrāzād, similar a āzātā, la cualidad que la describe en el Avesta.
Quienquiera que haya sido la legendaria Hutaosā de los Kayánidas comparte con la bíblica Hadassa el haber introducido una nueva fe monoteísta en la corte de Persia.


Mordejai

En la Meghiláh dice que Mordejai era de los deportados de Judá, residente en Susán y de la tribu de Benjamín, y presuntamente del linaje del rey Shaul (2:5). Habiendo sido parte del contingente que el rey Nabucodonosor trasladó a Babilonia junto con Yehoyakin/Yekoniah (2:6), debía ser ya anciano cuando Darío llegó al trono.
Aparte de Meghilat Esther, encontramos este nombre en Esdras 2:2 y Nehemías 7:7, y en ambos pasajes se refiere a uno de los hombres que regresó con Zorobabel de Babilonia a Jerusalem. Difícilmente puede tratarse de la misma persona que el primo de Hadassa, puesto que aquél Mordejai había vuelto a su tierra, entonces, ¿qué haría más tarde en Susán?
En los Archivos Administrativos de las Tablillas de Persépolis se menciona a un cierto Mardukâ que era un inspector contable durante la última etapa del reinado de Darío y comienzos del de Jerjes. Éste sería el indicio más aproximado para establecer una posibilidad de identificación con el Mordejai bíblico, quien habría sido, según la Meghiláh, elevado a un rango importante desde el decimotercer año del reinado de Assuero (Darío Hystaspes). ¿Serán estos registros los mencionados en Esther 10:2 como “Libro de las Crónicas de los reyes de Media y Persia”? Sin embargo, considerando que Mordejai ya tendría más de ochenta años de edad cuando el rey lo nombró segundo en el reino (Esther 10:3), sería más que centenario a la muerte de Darío y, por ende, demasiado anciano para continuar ejerciendo su función en los comienzos del reinado de Jerjes.


Conciliando los relatos

En este estudio hemos considerado los únicos documentos relativas al Imperio Persa en la época en que se colocaría la historia que nos concierne –la Meghilat Esther, la Inscripción de Behistún y las Tablillas de Persépolis, el Shâhnâmeh y el Avesta–, los cuales nos proporcionan tres relatos paralelos.
Cómo y cuándo los Aqueménidas se convirtieron al zoroastrismo es un enigma irresuelto, así como la época en que Zarathustra vivió y cuál era su proveniencia. Con la intención de colocar en un marco histórico y coordinar los acontecimientos de la dinastía Kayánida con aquellos de la Aqueménida, estudiosos zoroastrianos identificaron a Kavi Vištāspa con Ciro el Grande –por lo tanto, Hutaosā sería Kassandanē, su mujer, o bien Hutaosā no habría sido la esposa de Vištāspa sino su hija– y, por ende, atribuyeron también al legendario rey Kayánida el edicto que permitió a los judíos regresar a Jerusalem (Ṭabari, libro I). Asimismo, asignaron a Vištāspa el haber instituido las siete familias imperiales de Persia (Ṭabari, I), lo cual según la versión oficial de la historia habría sido obra de Darío Hystaspes.
Si tomáramos en cuenta los elementos aquí analizados y tratáramos de organizarlos para formular una hipótesis, tendríamos una complicada combinación de protagonistas que podrían identificarse con distintos personajes entre los relatos involucrados, considerando que cada uno de éstos es expresión del punto de vista del propio autor y de consecuencia, la realidad podría ser distinta y no coincidir plenamente con ninguno, pero parcialmente con todos. En las tres historias hay una mujer muy importante que es la reina: Hadassa/Esther la Judía, Hatossa/Hutaosā la Aqueménida, Hutaosā/Estār la Kayánida, quienes tienen en común un notable ascendiente sobre su marido el rey, Assuero, Darío, Vištāspa, y una devoción particular hacia su Dios. En todos los casos, ella es determinante para interceder en favor de personas que sostienen una fe monoteísta, ya sea el judaísmo o el zoroastrismo.
De éstos postulados surgen algunas conjeturas:
Si la Hadassa de la Meghiláh en realidad no era una mujer judía, sino la hija de Ciro el Grande, quizás fue ella quien indujo a su padre hacia la fe zoroastriana, adoptada como religión oficial de la corona de Persia, o quizás ella se había convertido al judaísmo y por ese motivo fue también muy valiosa su influencia en la corte de Darío para que el rey concediera las demandas de Nehemías…
O quizás el profeta Zarathustra, de quien nada se conoce y cuya biografía es legendaria haya sido en verdad un Israelita que introdujo el monoteísmo en la corte de Ciro… ¿Podía ser el mismo Profeta Daniel?
Con respecto a la identidad de la reina, si Hutaosā era hija de Ciro el Grande, y si también Artastūnā lo era, ¿eran Esther y Vashti hermanas?...
En conclusión, sabemos que que la historia de los Kayánidas es mitológica, referida en el Shâhnâmeh, que fue escrito por el poeta Firdawsi hacia fines del siglo X EC, mientras que los escasos registros sobre los Aqueménidas son obra de Darío Hystaspes, es decir, poco objetivos, o versiones imprecisas y confusas de narradores griegos que recolectaron distintas tradiciones orales que no concuerdan entre sí y no tuvieron manera de verificar los hechos; y por último, el Libro de Esther, que por todo lo expuesto anteriormente resultaría ser igualmente creíble. Por lo tanto, los acontecimientos podrían haber sucedido de esta manera: Hatossa, hija de Ciro –quien es llamado “Mesías” en Isaías 45:1– creyó a la predicación de un profeta de Israel antes de que su padre tomase Babilonia, y, por ende, convertida al judaísmo, influyó en él para que decretara el retorno de su nación adoptiva a Jerusalem. Sucesivamente, siendo esposa de Darío, continuó favoreciendo a su pueblo desde el poder real, y como agradecimiento, el pueblo de Israel le dedicó una novela en la cual ella es la protagonista y la heroína de los judíos.

Queda aún sin explicar históricamente el acontecimiento crucial en la Meghiláh, el decreto de exterminio de los judíos y su desenlace, un hecho sumamente improbable en el Imperio Aqueménida. Ningún rey sensato admitiría una propuesta como la de Hamán, ni mucho menos una guerra civil en su reino provocada por causa de un edicto inicuo – y menos aún Darío, quien en el segundo año de su reinado decretó y financió la reconstrucción del Templo de Jerusalem (Esdras 6:1-12,15), terminado cuatro años después, y quien también patrocinó a Esdras para su inauguración en el año séptimo de su gobierno (Esdras 7:12-27), el mismo momento en el cual presuntamente estaría seleccionando a Esther para hacerla su esposa (Esther 2:16). Quienes sí podrían haber sido capaces de autorizar un genocidio a gran escala eran los Seléucidas. Durante el dominio de esa dinastía griega se escribieron algunas novelas en las cuales se aludía indirectamente a ellos, pero colocándolos en imperios precedentes y personificando a sus monarcas como asirios para evitar que la obra fuera censurada o que exasperara aún más los ánimos de los déspotas y sus gobernadores. Así es como surgieron los relatos fantásticos de Judith y Tobías, repletos de imprecisiones y errores históricos, probablemente debido a que los autores carecían de información adecuada sobre el Imperio Asirio, o quizás cometidos adrede para demostrar que en verdad estaban refiriéndose a reyes y ministros griegos y no a los que allí presentaban. En el caso de Esther, el autor refleja a la perfección los detalles de la corte persa y demuestra tener información exacta y detallada sobre la misma, por lo cual, su intención pudo haber sido la de transmitir un evento que realmente sucedió, aunque en un contexto diverso. Un decreto de exterminio pudo haber ocurrido, pero en un territorio limitado y no a nivel imperial, en alguno de los dominios seléucidas, y el escritor decidió crear un relato romántico en el cual ese hecho fuera registrado y a la vez honrar a la Reina de Persia a quien los judíos debían recordar con respeto y de quien todavía no se había escrito nada. De esta manera, ensambló dos acontecimientos totalmente distintos y separados en tiempo y espacio, en una misma obra. Específicamente, los hechos relacionados con Hamán y su intención de destruir a los judíos podrían estar relacionados con la campaña del general seléucida Nicanor, acérrimo enemigo de los judíos, quien cayó derrotado en la batalla de Jadassa (o Edessa), cerca de Jerusalem, el día 13 de Adar, combate en el que perdió la vida y su cabeza fue expuesta como trofeo. Desde entonces, los judíos celebraron ese día con gran alegría, y sólo en la Diáspora fue reemplazado por Ta'anit Esther. Según 2Macabeos 15:36, la conmemoración de esa festividad se estableció el 13 de Adar, “en vísperas del Día de Mordejai”, lo cual supone que en la época hasmonea ya se festejaba Purim. Sin embargo, no hay indicios de que Purim haya sido observado durante el periodo del Segundo Templo, sino hasta mucho tiempo después de la destrucción del mismo. De hecho, no se menciona ni en los Rollos de Qumran (entre los cuales tampoco está Meghilat Esther, único libro del TaNaJ que falta en esa colección de manuscritos), ni en el Nuevo Testamento, ni en ningún otro documento de ese tiempo. En efecto, Purim fue promovida a celebración nacional por los rabinos de la Diáspora, y dada la proximidad con el día en el cual se conmemoraba la derrota de Nicanor, unificaron ambas festividades obliterando a esta última, que fue reemplazada por el “ayuno de Esther”, el cual no ocurrió en Adar sino muchos meses antes según Esther 4:16, y debía durar tres días, no uno. El objetivo de esta sustitución era que los judíos no observaran ni recordaran alguna hazaña de los Macabeos, a quienes se consideraba usurpadores del trono de David por cuanto no pertenecían a su descendencia y, por lo tanto, no podían ser reconocidos como reyes legítimos de Judá. Es probable que el “Día de Mordejai” en el periodo del Segundo Templo haya sido un festival babilonio de fin del invierno adoptado por los judíos de la Diáspora, y próximo al Año Nuevo zoroastriano, Nowrūz.


Aspecto alegórico


El Libro de Esther posee la característica de tener un importante trasfondo simbólico válido para dos sistemas religiosos diferentes: el judaísmo y el zoroastrismo. La obra en su esencia es una metáfora de la lucha entre el Bien y el Mal. Asimismo, contiene la paradoja de exaltar a dos deidades de Babilonia: los nombres de los dos principales actores representantes del Bien son Mordejai y Esther, equivalentes a Marduk e Ishtar respectivamente. Rabbi Nehemiah explica en el tratado Megillah 13a lo siguiente: “Hadassa era su nombre original; ¿por qué entonces fue llamada Esther? Porque los idólatras la comparaban con el planeta Venus, o Ishtar”.
Para poder entender mejor el significado escondido de las figuras presentes en este libro, es necesario exponer brevemente algunos conceptos fundamentales del zoroastrismo: ésta religión, al menos en sus orígenes, concebía la existencia de un único Dios, Creador de todas las cosas y a su vez, Principio Absoluto del Bien, cuyo nombre es Ahura Mazdā –que puede traducirse como Dios Sabio–. De él emanaron los Aməša Spənta, seis “conceptos” o “cualidades” divinas (no deidades en sí mismas), a saber: Vohu Manah, el Buen Pensamiento, Aša Vahištā, la Mejor Justicia o Mejor Verdad, Xšaθra Vairya, el Dominio Deseable, Spənta Ārmaiti, la Armonía Creativa o Santa Devoción, Haurvatāt, la Perfecta Salud, y Amərətāṯ, la Inmortalidad, a los cuales se suma Spenta Mainyu, el Espíritu Santo, hijo de Ahura Mazdā y “uno con el Padre”, por medio del cual fue creado y se sustenta el Universo, es el Principio del Bien, y conforma con los otros seis mencionados, los Siete Espíritus del Creador. A él se opone Angra Mainyu, o Ahrimán, el Adversario, Principio del Mal y padre de la mentira, es el príncipe de los demonios. Los seres humanos durante su vida deben decidir si ser hijos de la luz o de las tinieblas, es decir, estar de la parte del Bien o de la parte del Mal. Todas las obras de la vida de una persona están escritas en el Libro de la Vida, que será consultado en el Día del Juicio para establecer el destino final de cada uno.
Antes de Zarathustra, la religión de los persas era similar a las de los demás pueblos politeístas, particularmente a los de la India. En aquél sistema, Ahura Mazdā tenía una consorte, Ārmaiti, que representaba a la “Madre Tierra” y era la protectora de las mujeres, quienes, así como la Tierra, producen la vida y la nutren. Contrariamente a las deidades de la fertilidad, Ārmaiti era honrada como guardiana de la mujer virtuosa, la madre de familia. Había una festividad dedicada a ella, en la cual las mozas podían cortejar a los varones y elegir a sus novios – era una celebración exclusiva de la mujer, así como el banquete de Vashti. Zarathustra no admitía la existencia de otras deidades fuera del Creador, y transformó a Ārmaiti en una cualidad de Ahura Mazdā, a saber, en el primero de los tres Aməša Spənta femeninos, Spənta Ārmaiti, pasando a identificarse con la Creación física, la Naturaleza, y con la Tierra misma, a la cual es inmanente. Siendo que la Creación está en una relación íntima con el Creador, Zarathustra definió a Ārmaiti metafóricamente como “hija” de Ahura Mazdā, lo que sucesivamente, quizás por malentendido, dio lugar a la permisividad del matrimonio incestuoso, porque en la conciencia popular ella seguía siendo su consorte.
Sin embargo, la deidad femenina más adorada en toda la región de Persia y Media era Arədvī Sūrā Anāhitā, o simplemente Anahita, idéntica a Sarasvatī de la India y equivalente a la semítica Ishtar. Había más templos y santuarios dedicados a ella que a cualquier otra entidad persa, incluso después del advenimiento del zoroastrismo, que estableció un paradigma monoteísta. Los ministros del culto de Anahita eran los Magos, la casta llamada “Caldeos” en Daniel 2:2; 4:7; 5:7. Anahita sobrevivió a las reformas religiosas de Zarathustra, convirtiéndose en una emanación de Ahura Mazdā y perdiendo su rango de diosa, aunque no su divinidad inherente. Todavía se la podía adorar bajo el nombre de Anāhīd, pero con el entendimiento de que se trataba de un aspecto de Ahura Mazdā y no de una verdadera deidad por sí misma. Esta práctica sería similar al posterior desarrollo de la veneración de la Virgen María en el catolicismo. También Anahita era llamada “nuestra señora” e “inmaculada”. La devoción de los Aqueménidas hacia ella evidentemente subsistió después de la conversión de esta dinastía al zoroastrismo, y parecen haber usado su influencia real para que fuera adoptada en esa religión. Anahita recibió una reverencia especial por ser sucesivamente identificada como la hija de Ahura Mazdā. Anahita, así como Ishtar, estaba asociada al planeta Venus y a sus dos apariciones diarias, la matutina y la vespertina. Todos estos elementos están presentes en el Libro de Esther, como veremos más adelante.
La afirmación de que según las leyes de Persia “todo decreto del rey” es irrevocable (Esther 1:19; 8:8; Daniel 6:15) no se debe entender en manera literal, sino que en el concepto zoroastriano, todo designio de Ahura Mazdā es inalterable, y aún cuando es instigado por el Principio del Mal no puede ser revocado, sólo puede ser contrastado por una acción mayor del Principio del Bien. Los decretos reales sí podían ser anulados (Esdras 6:11). En el relato de la Meghiláh todas las cosas existen en relación con sus opuestos y los acontecimientos terminan resultando al contrario de lo que se esperaba – este enfoque dialéctico es la esencia misma del zoroastrismo.
La historia comienza con grandes festividades que pueden simbolizar la alegría del Creador por su Creación original, viendo que todo lo que había hecho era bueno. El rey y sus siete ministros encarnan a Ahura Mazdā y sus Aməša Spənta, y la reina depuesta representa Ārmaiti, quien tenía su propia fiesta para las mujeres y, despojada de su deidad, fue reducida a una simple cualidad, al ser segregada como una odalisca en el harem del rey. Pero en su lugar surge, como el planeta Venus por la mañana, Ishtar, que luego se oculta, y reaparece de nuevo al atardecer, cuando revela su identidad. –El ocultamiento es uno de los motivos recurrentes en la Meghiláh también desde la interpretación judía–. Ella no pertenece al pueblo del rey, es una “deidad extranjera” que se introduce en su reino. Y, aunque también pasó a ser sólo un aspecto de Ahura Mazdā, no fue eclipsada como Ārmaiti adquiriendo la forma de uno de sus Aməša Spənta. Ishtar/Anahita no fue relegada al “harem” del rey, mantuvo su propio culto.
Entonces comparece Hamán, quien personifica a Ahrimán, el enemigo que intenta destruir todo lo bueno que se creó, y su entrada en acción ocurre en el primer mes del año (Esther 3:7), consultando a los Magos sobre los días más propicios para llevar a cabo su plan maléfico, y la suerte cae para el último mes (Esther 3:13), causando la angustia de los justos durante todo el año: esta secuencia representa la insidia del Maligno desde el principio de la Creación, y todo el sufrimiento que provoca en el mundo hasta el fin de los tiempos, cuando en la última batalla será derrotado por el Bien, siendo el año una figura de la duración de la vida de la humanidad. La reina, que estaba oculta de la presencia del rey desde hacía un mes (Esther 4:11) solicita a los partidarios del Bien de ayunar tres días y tres noches (Esther 4:16), alegoría de la muerte y la resurrección (Génesis 22:4; cf. Hebreos 11:19; Jonás 1:17), para obtener el triunfo sobre el Mal.
Hamán hace construir una horca de 25 metros en su propia casa: una altura absurda en un lugar absurdo. El significado de ésto es que la batalla final se librará en en los cielos, pero en territorio y dominio del Mal. Quien será colgado de esa horca definirá el destino de la humanidad: o el Mal conquistará el cielo, como es su intención (Isaías 14:13-14), o el Bien prevalecerá y despojará al Mal de toda su potestad.
La noche de insomnio del rey es un recurso literario para representar el momento en el cual el Dios Supremo consulta el Libro de la Vida, donde se registran las buenas obras de los justos, las cuales serán recompensadas. En el Día del Juicio, la destrucción de todo el Mal dependerá del accionar de los justos, que lleven al Bien hacia la victoria. Es por eso que se presenta al rey como incapaz de revocar cualquier decreto que haya emitido, porque todo el destino se juega entre los seres humanos, quienes deben procurar el Bien. Éste es un principio fundamental en la teología zoroastriana: los malos pensamientos, palabras y hechos no pueden ser anulados, sólo pueden ser expiados por obras buenas que los superen.

La genialidad del autor –o editor– judío en su disfraz de cronista persa adaptó esta historia, que ilustra claramente el pensamiento de los seguidores de Zarathustra, y la transformó en una novela épica judaica. No sólo él mismo encubre su identidad, sino que todos sus personajes representan a otros, y también el Dios de Israel está escondido entre las líneas de la narración. La protagonista del relato, como hemos visto, era la hija de Ciro el Grande, quien obviamente no era judía y por esa razón el escritor recurre a presentarla como huérfana, adaptando su nombre persa al hebreo Hadassa. Al parecer, ella desplazó a Artastūnā, la organizadora de banquetes, quien podía haber sido su hermana – y aquí encontramos otro paralelismo con Ārmaiti y Anāhīd, ambas “hijas de Ahura Mazdā”.
Siendo que el rey de Persia indudablemente es Darío el Grande, quien era estimado por los judíos y considerado un buen rey –autorizó a continuar la construcción del Templo (Esdras 6:7-12) y concedió a Nehemías la reedificación de los muros de Jerusalem y le nombró gobernador de Judá (Nehemías 2:6; 5:14; 13:6)–, el escritor oculta su verdadera identidad y le llama Ajashverosh, porque necesitaba caricaturizarlo y presentarlo como un tonto, vanidoso e influenciable, recurriendo al nombre con el cual Esdras se refiere a Cambyses (Esdras 4:6). Y para uno de los propósitos de su obra, requería un protagonista que perteneciera a la tribu de Benjamín y a la casa de Saúl –quizás porque era el linaje del autor–, y encontró apropiado a Mordejai. Que su nombre y el de la reina representen a dos deidades de Babilonia puede ser sólo casual, si es que hay algún detalle dejado al azar en toda la trama.
Por último, Hamán, el “agagi”, quien debía ser en realidad la personificación de algún seléucida (posiblemente Nicanor) y obviamente no vivió en tiempos del Imperio Aqueménida sino mucho después, era el individuo adecuado para encarnar al enemigo y saldar una cuenta que había dejado pendiente el rey Saúl. Y como todas las cosas en esta novela están disfrazadas, con el apelativo “agageo” o “agagita” se quiere significar amalecita, y como tal, enemigo acérrimo del pueblo de Israel. Esto no implica una descendencia étnica (ya que teóricamente Agag no tuvo descendientes) sino una actitud que en nuestros tiempos se denomina antisemitismo. Por otra parte, si el nombre del padre del villano, Hamedatha, para el narrador persa evocaría al conspirador Gaumata, usurpador del trono, para el judío ese apelativo, aunque muy diferente en la escritura, tendría asonancia con Ašməddāy/Hammadāy (Asmodeo), un demonio ridiculizado en la literatura apócrifa, cuyo nombre es derivado del persa aēšma-daēva, dos términos que se encuentran en el Avesta, aunque no juntos, y cuyo significado sería “demonio de la ira”. En la visión del autor, las fuerzas del Bien son identificadas con los judíos y las del Mal con sus enemigos, encarnadas en el amalecita Hamán. La misión de los hijos de luz está resumida en Esther 8:17 - “Y muchos de los pueblos de la tierra se hacían Judíos, porque el temor de los Judíos había caído sobre ellos”: La certeza del triunfo del Bien convencería a muchos de revisar sus caminos y tomar las sendas de Justicia. Sin embargo, el proselitismo masivo en el judaísmo tuvo sus comienzos en el periodo hasmoneo, lo cual es otro indicio de que la Meghiláh fue compuesta en esa época.
El Libro de Esther representa una parodia del zoroastrismo, que se deshizo de una deidad pagana para reemplazarla por otra, pero a su vez muestra cómo el judaísmo también introdujo entre sus celebraciones un festival babilonio, para cuya inclusión se toma como referencia esta obra. En el Libro de Esther las cosas no son lo que parecen, las personas no son quienes se dice que sean, y los eventos sucedieron en otras maneras, en otros lugares y en otros momentos. Por eso Purim es una fiesta de disfraces.


Aspecto profético


Habiendo analizado todas estas cosas y considerando las características particulares de este libro, cabe preguntarse si hay alguna razón que justifique su inclusión en las Escrituras. Entre todas las cosas escondidas en esta novela, también está oculto el Nombre de Dios, y una profecía cumplida hace pocas décadas.
En la Meghiláh aparentemente no hay ninguna referencia a Dios, ni como YHVHni como Elohim, e indirectamente, sólo hay una palabra que insinúa referirse a Él:

“Porque si absolutamente callares en este tiempo, respiro y liberación tendrán los Judíos de otra parte”.
–Esther 4:14 –

Sin embargo, Él está presente, en secreto, y también Su Nombre está escrito, aunque no en forma visible.
No nos referimos a los códigos bíblicos, los cuales son mensajes paralelos escritos en el TaNaJ a través de secuencias de letras, y en estos códigos podemos encontrar el Nombre YHVH también en el Libro de Esther. Más bien sólo haremos mención de cuatro acrósticos en los cuales el Nombre se encuentra visible sin hacer cálculos matemáticos: Se trata de cuatro frases pronunciadas por cuatro personas distintas, y con las siguientes características:
· En cada uno de los casos las cuatro palabras son consecutivas.
· No hay dos acrósticos con la misma construcción, sino que cada uno está compuesto en estructura diferente a los demás.
· Cada frase es pronunciada por una persona diferente. La primera por Memukan (1:20); la segunda por Esther (5:4); la tercera por Haman (5:13); la cuarta por el autor (7:7).
· Los primeros dos acrósticos forman una pareja, en los cuales el Nombre está formado por la letra inicial de cada palabra.
· Los dos últimos acrósticos forman una pareja, en los cuales el Nombre está formado por la última letra de cada palabra.
· El primero y el tercero forman una pareja, en los cuales el Nombre está escrito al revés.
· El segundo y el cuarto forman una pareja, en los cuales el Nombre está escrito en forma normal.
· El primero y el tercero, en los cuales el Nombre está escrito al revés, son pronunciados por gentiles.
· El segundo y el cuarto, en los cuales el Nombre está escrito en forma normal, son pronunciados por judíos.
· Los acrósticos en los cuales el Nombre está formado por la letra inicial de cada palabra se refieren a hechos iniciales; mientras que los acrósticos en los cuales el Nombre está formado por la letra final de cada palabra se refieren a hechos finales.

(Las transliteraciones en la tabla corresponden al valor de cada letra, no son fonéticas).

 

 

HI' VEKOL HANASHIM YITTENU”

 

 

YABO' HAMELEJ VEHAMAN HAYOM”

 

 

ZEH 'EYNENV SHOVEH LY

 

 

KY KALETHAH ELAYV HARA'AH


· Primer acróstico: formado por la letra inicial de cada palabra, el Nombre está escrito al revés porque HaShem está desmantelando los consejos humanos:
1:20 “y todas las mujeres darán” [honra a sus maridos]; en hebreo dice: “HI' VEKOL HANASHIM YITTENU, cuyas iniciales forman “HVHY”, el Nombre escrito al revés.

· Segundo acróstico: formado por la letra inicial de cada palabra, el Nombre está escrito en forma normal porque HaShem está incitando a Esther a tomar una iniciativa:
5:4 “venga hoy el rey con Hamán”; en hebreo dice: “YABO' HAMELEJ VEHAMAN HAYOM, cuyas iniciales forman “YHVH”, el Nombre del cuarto Invitado Invisible al banquete.

· Tercer acróstico: formado por la letra final de cada palabra, el Nombre está escrito al revés porque HaShem ha decretado el fin de Hamán:
5:13 “esto nada me sirve”; en hebreo dice: ZEH 'EYNENV SHOVEH LY” cuyas letras finales forman “HVHY”, el Nombre escrito al revés.

· Cuarto acróstico: formado por la letra final de cada palabra, el Nombre está escrito en forma normal porque HaShem había determinado el fin del malvado.
7:7 “porque el mal estaba resuelto para él”; en hebreo dice: KY KALETHAH ELAYV HARA'AH” cuyas letras finales forman “YHVH”, que era Quien en realidad había decretado el mal para Hamán.

Esto en cuanto al Nombre escondido de HaShem en el Libro de Esther. Sin embargo, no sólo Dios está oculto en el Libro, sino que también hay una profecía encubierta, en el siguiente pasaje:

“Y en Susán capital del reino, mataron y destruyeron los Judíos a quinientos hombres; también a Parshandatha, a Dalfón, a Aspatha, a Poratha, a Adalya, a Arydatha, a Parmashtha, a Arysai, a Arydai y a Vayezatha, los diez hijos de Hamán, hijo de Hamedatha, enemigo de los Judíos: pero no echaron mano a los bienes.
El mismo día vino la cuenta de los muertos en Susán residencia regia, delante del rey. Y dijo el rey a la reina Esther: En Susán, capital del reino, han matado los Judíos y destruido quinientos hombres, y a los diez hijos de Hamán; ¿qué habrán hecho en las otras provincias del rey? ¿Cuál pues es tu petición, y te será concedida? ¿ó qué más es tu demanda, y será hecho?
Y respondió Esther: Si place al rey, concédase también mañana a los Judíos en Susán, que hagan conforme a la ley de hoy; y que cuelguen en la horca a los diez hijos de Hamán”. –Esther 9:6-13–

Los judíos habían matado a los diez hijos de Hamán. ¿Por qué motivo Esther pediría que fueran colgados en la horca, si ya estaban muertos? Aquí hallamos una de las profecías más sorprendentes de la Biblia. Antes de explicarla, haremos otra observación sobre la manera en la que los nombres de los hijos de Hamán han sido escritos en la Meghiláh: éstos, en lugar de continuar el curso normal de la escritura, están colocados en columna, cada nombre al inicio de cada renglón, y después, al final del mismo, la conjunción “v’et”, o sea, “y a”. En la lista de los nombres de los diez, no sólo este orden vertical es particular, sino que hay letras que están escritas en tamaño diferente a las demás en el primero, el séptimo y el décimo nombre: tres de ellas en son más pequeñas; la tav en Parshandatha, la shin en Parmashtha y la zayin en Vayezatha, y el valor sumado de estas letras equivale a 707; además, la vav inicial en el último nombre es más grande que las demás letras y su valor es 6. Esta extraña clave nos indica un año: el 707 del sexto milenio, o sea, 5707 del calendario hebreo, y es el año 1946/47 EC. En la imagen debajo, esas letras están señaladas en color rojo.



Esther pidió al “rey” que “mañana” sean colgados en la horca a los diez hijos de Hamán. ¿Cuándo es ese “mañana”, y a qué “rey” se lo pidió? Porque los diez hijos del Hamán del relato estaban ya muertos, y el hecho de colgarlos debía tener un significado mucho más profundo que el de exponerlos al público. Por eso hay un espacio entre cada uno de los nombres y la conjunción “y a”, espacio que debe ser llenado con los nombres de esos diez que serían ahorcados en un futuro, codificado en las letras. El 16 de octubre de 1946, tras el proceso de Nürnberg, diez de los criminales nazis fueron sentenciados a la horca, y ejecutados. Era el mes de Tishri de 5707. En el capítulo 9 de Esther podemos encontrar ocultos el nombre del mes, Tishri, además de las palabras “amalecita”, “ario”, “nazi”... Finalmente, los diez hijos de Hamán fueron ejecutados, en Tishri 5707, y por ese motivo Esther pidió que “mañana” fuesen colgados de una horca. Otra vez más, se confirma que en el Libro de Esther las cosas no son lo que parecen, las personas no son quienes se dice que sean, y los eventos sucedieron en otras maneras, en otros lugares y en otros momentos, como se dijo en el capítulo anterior.


Ver también: Literatura Judaica del Período del Segundo Templo – Escritos no citados en el Nuevo Testamento.


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